VAYA EXPERIENCIA #03

Todos sabemos como comportarnos ante una guitarra tocando un riff distorsionado en una escala pentatónica.
Sabemos que sentir al escuchar un solo de jazz, al escuchar un tango, una sección de vientos, un cantante afinado sosteniendo una nota largo rato, guitarras tocando un arreglo de milonga.
Ya tenemos para todo ello un preconcepto.
Ya sabemos que gesto físico debe acompañar la escucha de cada cosa, qué comentario.
Al oir un tema con un groove, un ritmo irresistible: ¿es irresistible, o ya aprendimos que ante ciertos estímulos lo que se estila hacer es no resistirse? ¿Lo aprendimos solos o nos lo inculcaron?
Ya sabemos como sentirnos ante una canción perfecta.
Aunque “canción perfecta” es un oxímoron. Ninguna canción maravillosa lo es si no contiene un enigma. Una grieta, un punto ciego.
La proporción de enigma en las canciones de Antolín es elevada.
En apariencia.
Antolín te pone en una situación en la que recuperás el libre albedrío.
Donde ya no sabés previamente qué sentir, no estás programado para eso.
¿Me tengo que reír? ¿o indignarme? ¿o emocionarme? ¿llorar? ¿gozar?
Genera vértigo porque te obliga a ser vos.
Mi amigo JT me decía que la inocencia es el estado imprescindible para acercarse a una obra, pero como él ya está contaminado por todo lo que sintió pensó leyó y escuchó decir y opinar, ahora ese estado virginal solo lo logra ante la inmensidad de la naturaleza.
Leer, mirar, escuchar como si uno estuviera contemplando una montaña nevada.
El perfil de Antolín tiene ribetes de cadena montañosa.

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